,
siguiendo el antiguo recorrido de la Francigena, junto a muchos
otros peregrinos, que habían viajado desde Inglaterra,
Francia y Alemania, me quedé hechizado por una fortaleza
a los confines de la República de Senese. Entre la Montagnola
Senesa (Montículo) y las colinas del Chianti Clásico,
sobre una colina, el castillo se corona de torres, y circunspecto
vigila el paso de los viandantes. También nuestro maestro,
sor Dante, se quedó impresionado y habla de eso en su
Divina Comedia…
… Una vez vencido el temor de los guardias a las puertas
entré asomándome sobre la plaza del pueblo. Aquí
me acogió la calurosa hospitalidad de la Hostería
donde comí banqueteando con todos los mejores manjares
de la región mojándolos con los más exquisitos
mostos, aquí muy famosos. En las habitaciones de arriba
me amparé y enseguida la quietud del lugar me reconcilió
un sueño profundo haciéndome olvidar todos los
sufrimientos y fatigas del viaje que en este lugar mágico
me había traído.
Esta parada me recargó el espíritu y el cuerpo
y de aquí pude repartir hacia otras lejanas metas pero
un trozo de mi corazón se quedó a descansar entre
las fuertes paredes del castillo,… hasta pronto.
Los siglos han pasados, pero la pasión ha quedado. Aún
hoy viajo por las calles infinitas en busca de paz y calor,
que encuentro puntualmente cada vez que vuelvo al castillo de
Monteriggioni. Aquí sacio mi cuerpo y descanso mi alma
mimado por la local acogida.
Tendría que contarte todavía por horas perdiéndome
en la poesía de esta tierra, pero prefiero mucho más
que me alcances tú…
¡Hasta pronto!